marisa ramos

microrelatos, como la vida

Categoría: Sin categoría

Ahora sé por qué hago juguetes

Hace un par de días mientras daba un taller de juguetes compartí con el grupo un recuerdo de infancia, una anécdota que aún después de tantas décadas me acompaña y que sin embargo nunca antes  había relacionado con mi presente.. Resulta que pasé mi infancia en la vieja casa de mi abuela, una casa chorizo con una galería lateral desde principio a fin del terreno. Los pisos eran en una parte baldosas rojas y en otra amarillas y lilas. Mi abuela tenía muy pocos recursos económicos, era jubilada con la jubilación mínima y además lavaba ropa a mano para algunos vecinos del barrio, pilas de sábanas y toallas fundamentalmente. Yo la acompañaba a cobrar cada fin de mes y de esa manera me aseguraba algún regalito.

Un atardecer de domingo parece que se me antojó un autito y no había ni recursos, ni posibilidades de comprar ninguno. No recuerdo con exactitud el desarrollo de la secuencia completa, sólo algunas imágenes: las manos de mi abuela, un pedazo de alambre y una maderita, con eso me armó el autito, en mi memoria las ruedas eran de plástico o goma, grandes perfectas, pero la realidad no creo que haya podido coincidir con esa fantasía.

Puedo sentir el olor de esa noche incipiente y escuchar el andar de ese auto. Es uno de los recuerdos más placenteros que tengo de mi niñez y parece que marcó mi destino.

autito

Anuncios

Soy la mejor atrapadora de pelotas rebotadas en la pared.

Hay recuerdos que te dan regocijo y te habilitan la nostalgia. Uno de esos es la actividad que me mantuvo entretenida buena parte de mi infancia y adolescencia.

Durante varios años tuve la afición de pelotear contra la pared, con pelotas de fútbol, la de goma rayada, con pelotas de tenis, con pelotas de frontón y con pelotas de ping pong. Lo hacía con el pie, con la mano o con paletas. En la pared del patio, de mi habitación, de la cocina, la pared del frente de casa o en la enorme pared del galpón de la esquina.

Mi espíritu solitario, acentuado en los controvertidos años adolescentes, permitió que explorara diferentes técnicas, que perfeccionara jueguitos y alternara estrategias. Pasaba mucho tiempo frente a una pared, peloteando y peloteando, eran momentos hipnóticos, vaya a saber a dónde me iba.

Actualmente, y después de tantos años, lo sigo haciendo, no con tanta asiduidad ni con tanta dedicación, pero en casa si te distraés pisás alguna que otra  pelotita que anda rodando por el piso.

Vaya a saber a dónde me voy. Probablemente bastante cerca de acá.

_20

volviendo a mirar

Volviendo a mirar es una nueva etapa que comienza  Junca Juegos, este taller artesanal, esta marca, esta manera de nombrar mi trabajo. Durante muchos años me dediqué casi exclusivamente a la producción de juegos de mesa, juegos del mundo que formaron parte de diferentes culturas en diferentes épocas,  con una estética propia, resultado de la búsqueda de técnicas que representaron lo más fielmente posible el espíritu de mi trabajo, es decir a mí misma.

Hoy, las búsquedas y las inquietudes me acercaron a este mágico mundo de los juguetes que se mueven, objetos con mecanismos  que articulan infancia con presente, personajes que formaron parte de mi niñez y que hoy recupero a través de mi mirada de adulta, como también recupero y vuelvo a poner en funcionamiento maderas, tuercas, tornillos y un montón de cositas que se guardan en el viejo taller de mi padre  y que encuentro en los conteiners de las calles.

Volviendo a mirar es oler a infancia, es volver a jugar en la vieja galería de la casa de la abuela, es la siesta con amigos, es saber que la felicidad cabe en la palma de la mano.

volviendo-a-mirar-blog

 

Nos siguen envenando y el descontrol absoluto continúa.

Big Ton

Cuando él nació yo tenía 12 años de manera que su infancia y mi adolescencia se mezclaron irremediablemente.

Le cambié los pañales, esos que eran de tela, caminé kilómetros alrededor de la cama  cantándole “al este y al oeste” para que se durmiera, le regalé algunos juguetes atesorados de mi propia niñez para que los destrozara en minutos;  más tarde, fue mi compañero de cine club  los sábados a la siesta en el cine América y de los recitales de Charly y el flaco en el anfiteatro.

Las circunstancias de nuestras vidas hicieron que nos encontráramos cada fin de semana durante muchos años en la casa de mi abuela, ese universo inmenso, generoso y libre, hacíamos literalmente lo que queríamos, no había ningún tipo de restricción, fue el tiempo del disfrute, podría decir el tiempo de la felicidad.

Más tarde, mientras yo iba y venía, época de efervescencia joven, él crecía conforme a su propia idiosincrasia y lejos de distanciarnos la vida nos mantuvo siempre cerca. Cerca siempre han estado nuestras ideologías, nuestra manera de mirar el paisaje hasta muchos dicen nuestra manera de reírnos. Somos sobrino y tía, pero bien podríamos haber sido hermanos o madre e hijo.

La música siempre formó parte de sus intereses favoritos y su constante búsqueda lo hizo arribar hace ya muchos años, al mágico mundo del reggae, ese ritmo que más que un simple estilo musical es una manera de interpretar la vida y de concebir el día. Tanto así que ha inaugurado su nuevo nombre, el que  él eligió: Big Ton y acá va uno de sus temas,  uno de los que más me gusta.

mis años de secundaria

En general mucha gente recuerda su época de secundaria como un etapa divertida y generadora de hermosas anécdotas dignas de ser rememoradas una y otra vez a lo largo de la vida. No es mi caso. Cada año de los cinco quise dejar de estudiar. Cinco veces mis padres me obligaron a continuar. No había nada que me interesara en ese lugar, ni materias atractivas, ni compañeras copadas, ni amores imposibles, nada.

Las profesoras y los profesores eran estrictos, conservadores y prolijos y eso construía a diario un abismo enorme entre sus escritorios y nuestros pupitres.

El uniforme consistía en un guardapolvo blanco con tablitas atado  a la espalda, medias tres cuartas blancas y zapatos negros. Más los accesorio de llevar el cabello atado en una cola alta y  usar pollera debajo del delantal.

De todas estas condiciones la única que no me molestaba acatar era la del cabello, ya venía acostumbrada de la primaria en la que mi mamá ponía especial esmero en estirarme el pelo hasta dejarme china, de modo que cinco años más de colita atada no hacían la diferencia.  El guardapolvo tenía el cuello muy cerrado y te raspaba, así que de a ratos, te pasabas el dedo para tratar de separarlo un poco y así aliviar la piel, obviamente tenía que estar limpio y planchado, en esa época había un producto que si mal no recuerdo se llamaba plastitel y te dejaba las tablas bien firmes; otro requerimiento era que las mangas debían estar bajas hasta las muñecas, nada de arremangarse ni siquiera en los meses de calor. Había que aguantarse el calor y el frío que tanto!

Todos los días y cada día la vicedirectora se paraba en la puerta de ingreso para controlar que todas las alumnas cumplamos con estos requisitos, delantal, medias, zapatos, polleras, pelo atado, nada de pintura ni en la cara ni en la uñas. Y cada día, todos los días yo tenía que ingeniármelas para pasar inadvertida de este minucioso control.

Podía atarme el pelo, podía llevar el delantal bastante prolijo, podía llevar los zapatos lustrados pero  lo que no podía y nunca jamás pude, fue usar pollera. Nunca las usé, ni de niña, ni de adolescente ni de adulta. De manera que durante esos cinco años , de lunes a viernes, de marzo a diciembre, inventé mil artimañas para  evadir ese  absurdo control, arremangándome los jeans hasta las rodillas, diciéndole algo a la vice para llamar su atención y que me mirara del torso hacia arriba, escabulléndome agachada entre algún grupo en el horario de mayor afluencia de alumnas, llegando muy tarde o muy temprano. Mil maneras de pasar inadvertida y casi siempre lo lograba, diría que tuve una efectividad casi perfecta.

Qué manera de perder el tiempo esa señora, si hubiera sabido que finalmente casi todo era una puesta en escena y que al rato no más, en los baños, antes de entrar al aula,  algunas volvían a pintarse  los labios, muchas volvían a soltarse el pelo y otra más de por allá volvía a mostrar sus lindos jeans.

resize_1390666241

la escuela bolillita

Después de dos años infructuosos de  asistir a una escuela privada, comencé mi segundo grado en la escuela del barrio, la República de Bolivia Nº 534. Como este nombre me resultaba difícil de memorizar, durante toda mi infancia le dije la escuela bolillita.

La población estudiantil que asistía provenía mayormente del mismo barrio barranquitas, del este y del oeste, entre ambos existían diferencias sociales más o menos marcadas, los unos con sus cuestiones más resueltas que los otros.

Mi papá era miembro de la cooperadora y esto lo hacía participar activamente de las actividades escolares, mi mamá era amiga personal de mi maestra y yo en el séptimo grado fui escolta de la bandera durante todo el año. Dicho así, pareciera que tuve un lugar de privilegio pero no fue así en absoluto, mi extrema timidez me hizo sentir como en casi toda mi vida un bicho raro y sufría participar en los actos tanto como dar una lección o cualquier otro tipo de exposición social. De todos modos con el tiempo comprendí que de estas cosas sufrimos casi todas las personas.

Mi maestra de segundo a quinto fue la señorita Zuni, Zunilda Espinaco, “la dama de las leyendas” como fuera conocida más tarde por su labor relacionada a la narración de mitos y leyendas, una mujer maravillosa, su voz era fuerte y firme y también hablaba con las manos y con sus enormes ojos. Sus métodos pedagógicos no eran acordes a la expectativa educativa de la época. Una seño que   se empeñaba en contarnos historias y hacernos escribir mucho más que enseñarnos matemáticas en la década del 70 le traía irremediablemente recurrentes problemas institucionales.

Mi recuerdo instalado es que la escuela era grande, las aulas grandes, el patio grande y el mástil altísimo. Sin embargo, hace unos días en relación a mis talleres de juegos, tuve la oportunidad de volver a entrar y compartir una actividad con uno de los grados. Para mi sorpresa algunas cuestiones estructurales se mantienen a pesar de las tantas reformas que ha tenido en el transcurso del tiempo , algunas ventanas y algunas puertas, pequeñas, bajas, de color verde escuela, el mismo de siempre.

No se me vinieron los recuerdos a borbotones  pero sí tuve una sensación de bienestar, al fin y al cabo muchas cosas buenas comenzaron allí y como todo vuelve, acá estoy de nuevo jugando por unos días en esta aula chiquita.

escuela

Sucesión de hechos desafortunados.

Ayer  al mediodía estaba en Esperanza, tenía planeado tomar el cole de las 15 hs para regresar sin embargo me demoré y tomé el de las 17hs.

Cuando llegué a casa ya estaba oscuro, abrí la puerta , intenté encender  la luz del living y la lamparita se había quemado así que caminé a tientas hasta la cocina, la perra y las gatas salieron a mi encuentro, encendí la luz de la cocina y mientras dejaba la mochila en una silla escuché un maullido, pensé que venía del patio. A los pocos segundos escuché que unos perros se peleaban en la calle, fui hasta la ventana y vi que los perros estaban atacando a una de mis gatas que había salido a la vereda sin que la viera, abrí rápidamente la puerta y cuando quise salir mi perra se me interpuso, la tomé del collar y la metí adentro, salí corriendo a auxiliar a mi gata que estaba siendo destrozada por dos perros de caza, no se bien la raza, son esos que usan para cazar, uno de ellos hace unas semanas me mordió una pierna, la escena fue muy violenta, duró menos de un minuto, ni mis gritos ni mis patadas fueron suficiente para que los perros dejaran a mi gata, finalmente uno de ellos se la llevó hasta su casa como si fuera una liebre.

La dejó en la vereda, al lado de su dueño, yo la alcé y le dije muchas cosas al dueño. Al llegar a mi casa, después de un par de minutos dejó de respirar.

Dejé pasar un buen rato para ir a hablar con mi vecino, con quien ya había hablado del asunto de los perros cuando me mordieron, dejé pasar un rato para que no me gane el enojo, asimismo la charla no fue nada benévola.

Hoy por la mañana, mientras tomaba mate, pensé en esos ínfimos segundos que modifican la historia. Si no hubiera ido a Esperanza, si hubiera tomado el cole de las 15 hs, si el cole hubiera venido a más o a menos velocidad o si se hubiera detenido en más semáforos, si la lamparita del living no se hubiera quemado, si mi perra no se me hubiera metido entre las piernas, si tan solo alguna de esas cosas no hubiera sucedido, la “bombis” estaría dando vueltas alrededor mío mientras escribo este … no, otro texto.

11222519_10206422165266248_7685461024169920559_n

el cajero optimista

En la mayoría de los casos el super de mi barrio tiene cajeras mujeres, eventualmente algún muchachito suele cubrir esa posición en las filas de empleados . Conforme pasa el tiempo en la cotidianeidad de las compras comenzás a identifircarlas y ellas a vos, con algunas comenzás a tener algún intercambio de comentarios, sobre el tiempo, la mucha o poca cantidad de gente que ha concurrido ese día, sobre los horarios de algún feriado y no mucho más.

Las chicas están cansadas casi siempre, algún sobreturno y probablemente alguna cuestión salarial  las preocupa a diario, entonces su cortesía es sólo eso, cortesía y excepcionalmente te sorprenden con algún otro comentario extraordinario.

Desde hace un par de meses en la caja que no entrega bolsitas, es decir la caja “eco”, hay un  hombre de unos treinta y pico largos, es muy alto y muy delgado, tiene pulseritas de macramé en ambas muñecas, un par de anillos y del cuello le cuelga una crucecita de alpaca y aguayo y un discreto rosario color marrón. Éstos serían  detalles menores sino fuera porque luego de varias semanas de observación entiendo que representan para él una especie de sustento emocional, ya que da vuelta las pulseritas, se acomoda el rosario y se toca la crucecita en un símil ritual de juego al mejor estilo Rafa Nadal entre cliente y cliente.

Cualquiera sea el sentido que le otorga a sus amuletos sin lugar a dudas le dan buenos resultados. No importa el día, no importa la hora, no importa si el super explota de gente o está vacio, él siempre, siempre está de buen humor y dispuesto a la charla. Ya sabemos que tiene una niñita, que la posición de la banqueta le hace  doler la espalda pero que  se acomoda un poco y enseguida se le pasa y que no le gusta pedir cambio porque cree que si la gente lo tuviera se lo daría.

De un modo u otro siempre, pero entiéndase siempre le encuentra la vuelta positiva a las cosas, a los días altamente frios los sabe propicios para comer guiso de lentejas o ir al cine, a los agobiantes de calor para ir a la playa, si es fin de mes y nadie tiene un peso él arenga que ya falta poco para cobrar, si la cola de la caja es muy larga, la suya que es la ecológica, celebra que cada vez haya mas gente que cuide el medio ambiente, si es muy corta mejor! te desocupás rapidísimo y así día a día momento a momento el cajero optimista te saca una sonrisa en tus días relajados o te envuelve de furia en tus días intolerantes (tan optimista vas a ser???!!!).

pink

Y usted quién es?

Cuando escribís por puro gusto de hacerlo, sin ninguna técnica y sin ninguna meta los temas que te inspiran son más que nada cotidianos. Alguna charla con un vecino, una anécdota callejera o algún recuerdo de infancia, más menos, la cosa siempre pasa por ahí.  Y dependiendo del impacto que ese relato nos provoca, sea para el lado de la felicidad o para el lado de la tristeza,  nos fluyen o no las palabras. O sea, a veces podemos decir mejor y a veces no podemos, como en la vida misma.

Y este es uno de esos casos en que la cosa se complica, porque cala muy hondo.

Mi mamá murió de Alzheimer, y hasta que nos dimos cuenta, su enfermedad ya había avanzado lo suficiente como para no poder detenerla. El alzhéimer es una enfermedad que te avisa pero no te convence, te va dando pistas pero vos no terminás de creerlas hasta que ya queda poco por hacer.

Se van  olvidando algunas palabras, confunden los nombres de sus nietos, no saben cómo hacer su comida favorita, se desorientan en el barrio, confunden las prendas de vestir, no saben si es invierno o verano, olvidan apagar la cocina, no saben por qué entraron al baño, intentan escribir su nombre y no pueden, comienzan a caminar más rápido, a dormir menos, a comer menos, a conectarse menos. Finalmente ya no son ellos, sus rasgos y sus actitudes ya no les pertenecen. Es muy raro poder seguir viendo a tu mamá cuando ya no es tu mamá.

Hoy alguien que es parte fundamental de mi vida está transitando un camino parecido y como puedo la acompaño. Siempre estamos solos en los acontecimientos esenciales. Pero una anécdota compartida a veces alivia el momento, y nos reímos mucho hace un rato, cuando pensamos juntas que muy pronto su mamá le va a preguntar –Y usted quién es?.

007