Soy la mejor atrapadora de pelotas rebotadas en la pared.

Hay recuerdos que te dan regocijo y te habilitan la nostalgia. Uno de esos es la actividad que me mantuvo entretenida buena parte de mi infancia y adolescencia.

Durante varios años tuve la afición de pelotear contra la pared, con pelotas de fútbol, la de goma rayada, con pelotas de tenis, con pelotas de frontón y con pelotas de ping pong. Lo hacía con el pie, con la mano o con paletas. En la pared del patio, de mi habitación, de la cocina, la pared del frente de casa o en la enorme pared del galpón de la esquina.

Mi espíritu solitario, acentuado en los controvertidos años adolescentes, permitió que explorara diferentes técnicas, que perfeccionara jueguitos y alternara estrategias. Pasaba mucho tiempo frente a una pared, peloteando y peloteando, eran momentos hipnóticos, vaya a saber a dónde me iba.

Actualmente, y después de tantos años, lo sigo haciendo, no con tanta asiduidad ni con tanta dedicación, pero en casa si te distraés pisás alguna que otra  pelotita que anda rodando por el piso.

Vaya a saber a dónde me voy. Probablemente bastante cerca de acá.

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