Big Ton

por marisa ramos

Cuando él nació yo tenía 12 años de manera que su infancia y mi adolescencia se mezclaron irremediablemente.

Le cambié los pañales, esos que eran de tela, caminé kilómetros alrededor de la cama  cantándole “al este y al oeste” para que se durmiera, le regalé algunos juguetes atesorados de mi propia niñez para que los destrozara en minutos;  más tarde, fue mi compañero de cine club  los sábados a la siesta en el cine América y de los recitales de Charly y el flaco en el anfiteatro.

Las circunstancias de nuestras vidas hicieron que nos encontráramos cada fin de semana durante muchos años en la casa de mi abuela, ese universo inmenso, generoso y libre, hacíamos literalmente lo que queríamos, no había ningún tipo de restricción, fue el tiempo del disfrute, podría decir el tiempo de la felicidad.

Más tarde, mientras yo iba y venía, época de efervescencia joven, él crecía conforme a su propia idiosincrasia y lejos de distanciarnos la vida nos mantuvo siempre cerca. Cerca siempre han estado nuestras ideologías, nuestra manera de mirar el paisaje hasta muchos dicen nuestra manera de reírnos. Somos sobrino y tía, pero bien podríamos haber sido hermanos o madre e hijo.

La música siempre formó parte de sus intereses favoritos y su constante búsqueda lo hizo arribar hace ya muchos años, al mágico mundo del reggae, ese ritmo que más que un simple estilo musical es una manera de interpretar la vida y de concebir el día. Tanto así que ha inaugurado su nuevo nombre, el que  él eligió: Big Ton y acá va uno de sus temas,  uno de los que más me gusta.

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