mis años de secundaria

En general mucha gente recuerda su época de secundaria como un etapa divertida y generadora de hermosas anécdotas dignas de ser rememoradas una y otra vez a lo largo de la vida. No es mi caso. Cada año de los cinco quise dejar de estudiar. Cinco veces mis padres me obligaron a continuar. No había nada que me interesara en ese lugar, ni materias atractivas, ni compañeras copadas, ni amores imposibles, nada.

Las profesoras y los profesores eran estrictos, conservadores y prolijos y eso construía a diario un abismo enorme entre sus escritorios y nuestros pupitres.

El uniforme consistía en un guardapolvo blanco con tablitas atado  a la espalda, medias tres cuartas blancas y zapatos negros. Más los accesorio de llevar el cabello atado en una cola alta y  usar pollera debajo del delantal.

De todas estas condiciones la única que no me molestaba acatar era la del cabello, ya venía acostumbrada de la primaria en la que mi mamá ponía especial esmero en estirarme el pelo hasta dejarme china, de modo que cinco años más de colita atada no hacían la diferencia.  El guardapolvo tenía el cuello muy cerrado y te raspaba, así que de a ratos, te pasabas el dedo para tratar de separarlo un poco y así aliviar la piel, obviamente tenía que estar limpio y planchado, en esa época había un producto que si mal no recuerdo se llamaba plastitel y te dejaba las tablas bien firmes; otro requerimiento era que las mangas debían estar bajas hasta las muñecas, nada de arremangarse ni siquiera en los meses de calor. Había que aguantarse el calor y el frío que tanto!

Todos los días y cada día la vicedirectora se paraba en la puerta de ingreso para controlar que todas las alumnas cumplamos con estos requisitos, delantal, medias, zapatos, polleras, pelo atado, nada de pintura ni en la cara ni en la uñas. Y cada día, todos los días yo tenía que ingeniármelas para pasar inadvertida de este minucioso control.

Podía atarme el pelo, podía llevar el delantal bastante prolijo, podía llevar los zapatos lustrados pero  lo que no podía y nunca jamás pude, fue usar pollera. Nunca las usé, ni de niña, ni de adolescente ni de adulta. De manera que durante esos cinco años , de lunes a viernes, de marzo a diciembre, inventé mil artimañas para  evadir ese  absurdo control, arremangándome los jeans hasta las rodillas, diciéndole algo a la vice para llamar su atención y que me mirara del torso hacia arriba, escabulléndome agachada entre algún grupo en el horario de mayor afluencia de alumnas, llegando muy tarde o muy temprano. Mil maneras de pasar inadvertida y casi siempre lo lograba, diría que tuve una efectividad casi perfecta.

Qué manera de perder el tiempo esa señora, si hubiera sabido que finalmente casi todo era una puesta en escena y que al rato no más, en los baños, antes de entrar al aula,  algunas volvían a pintarse  los labios, muchas volvían a soltarse el pelo y otra más de por allá volvía a mostrar sus lindos jeans.

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