cargo nafta para un buen rato

Durante toda mi infancia y parte de la adolescencia jugué al fútbol. Por entonces era un deporte exclusivo de hombres y no estaba bien visto que una nena, una chica lo jugara. Sin embargo, a fuerza de meterme entre los pibes y gracias a que mi familia me consentía bastante, me las arreglé para disfrutar de este deporte pateando pelotas de goma rayada y pelotas de cuero Nº 5 en las calles del barrio.

Normalmente la noche nos encontraba jugando, el foco de luz de la esquina apenas nos alumbraba pero nosotros seguíamos dándole a los goles y las jugadas de fantasía hasta que las insistentes llamadas de las madres se convertían en serias amenazas.

Casi siempre jugábamos los mismos chicos siempre en la misma calle, puro asfalto, y a veces  nos cruzábamos en algún “barrio contra barrio”, nuestro rival a vencer era el equipo de “el callejón de los polacos” con estos chicos la pica era histórica probablemente la veníamos heredando de generaciones anteriores. Ellos sí tenían un potrero, una canchita cuyo terreno era más tierra que césped, sus arcos formados por tres postes tenían casi las medidas profesionales y para nosotros todo eso representaba  un auténtico estadio,

Cuando cumplí 14 años tuve que empezar a pensar en mi retirada, las hormonas me anunciaban nuevos escenarios y a mi mamá ya le había dejado de resultar simpático que la nena jugara a la pelota entre los varones. Traté de dilatarla el mayor tiempo posible pero finalmente llegó el día, esa tarde sería mi último partido, ya estaba decidido, ya se lo había comunicado a mis amigos, esos a los que ya le estaban saliendo pelos por todos lados.

Seguramente era  sábado, seguramente fue a la hora de la siesta y sin lugar a dudas  fue en la canchita de los chicos del callejón de los polacos. El partido terminó empatado y como debía haber un ganador definimos por penales, tres  tiros cada equipo, yo tenía el tercer turno del mío. Por esas cosas del destino cuando llegó mi turno aun seguíamos igualados, todos habían fallado ellos y nosotros, de manera que mi penal era el decisivo, el arquero me sobraba porque daba por sentado que yo al ser mujer de ninguna manera podría convertirle el gol, pues se equivocó, hice el gol más lindo de mi vida. Terminé en andas dando la vuelta olímpica en su propia cara, fue como el final feliz de una película, si lo hubiera planeado no hubiera salido tan perfecto.

Pasaron los años, pasó la vida y  hace unos meses una entrañable amiga que vive en Rosario armó un equipo de mujeres. Una vez por semana se organizan para hacer  futbol 5 y me invitó a sumarme, claro yo vivo a 200 km así que no es tan sencillo tener continuidad, pero cuando puedo, a veces más a veces menos, me sumo los lunes y comparto el encuentro.

Anoche cuando terminamos el partido y después de sacarnos una foto en la que todas estamos sonrientemente felices hablando con mi amiga le dije : “sabés cuando vengo los lunes  cargo nafta para un buen rato” .

butbolmujer

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