Doña Angela Ramos

Por cuestiones organizativas de los horarios de mis padres desde muy pequeña y  por ser la menor de tres hermanos, quedé al cuidado de mi abuela, se hizo cargo de mi como si fuera su propia hija, al mismo tiempo,  mi relación con mamá y papá siguió siendo estrecha y diaria,  y una vez  que construyeron su propia casa y tuvieron la mayoría de sus cosas encaminadas quisieron revertir esta dinámica pero yo que ya tenía unos siete u ocho años elegí quedarme con mi abuela y así fue que vivimos juntas hasta mis 19, momento en el que comencé mi vida como adulta.

Doña Angela, así la llamaban todos, había nacido en la vecina provincia de Entre Rios, en un paraje llamado El Pingo  y a los 10 años, vivió dos hechos traumáticos que la marcarían  toda su vida, le cortaron su larga trenza  azabache que le llegaba hasta la cintura para venderla por unos pocos pesos y la mandaron a Hernandarias para trabajar en una casa de familia ayudando en las tareas domésticas. Nunca pudo recordar con exactitud qué edad tenía cuando dejó esa casa, pero fue la suficiente para iniciar una nueva etapa en una ciudad más grande, inmensa para esos ojos de los años 30, Santa Fe estaba apenas a unos pocos kilómetros pero  cruzar el rio Paraná en balsa  era casi lo mismo que atravesar el oceáno en un trasatlántico.

Cuando nos conocimos  su historia ya tenía un montón de borrones, madre soltera por elección porque nunca quiso ser la segunda de nadie, ni siquiera la del amor de su vida, ese al que descubrió del brazo de otra paseando por una plaza, ese al que nunca más le dirigió la palabra y  ese mismo a quien 40 años después le dio cristiana sepultura porque el pobre no tenía a nadie que se hiciera cargo de su muerte.

Trabajó intensamente siempre, durante toda su vida, mucho tiempo como cocinera y finalmente como lavandera, sí lavaba ropa a mano sobre una tabla de madera, su jornada comenzaba bien temprano y terminaba al atardecer. Recuerdo las  sábanas y las toallas de muchos vecinos colgadas en el patio. Infinitas veces la ayudé a entregarlas a sus dueños, las pilas dobladas eran tan altas que me llegaban a la cabeza.

Era una mujer muy popular, todos la querían, era muy simpática y la caracterizaba su buen humor, sus empanadas y sus locros, además, su casa, una vieja casona con galería y enormes habitaciones, albergaba siempre a los desafortunados del barrio, esos con los que el resto de la gente no le gustaba juntarse. Ella los recibía a todos.

Como apenas había terminado segundo grado hubo cosas que tuve que explicarle, esas de la educación formal, tenía sus propios útiles escolares y yo le daba tarea de matemáticas, sólo a esa materia nos dedicabamos antes de ir a dormir. Sin embargo, en una ocasión tuve que extender mis conocimientos hacia otras áreas, era una noche en la que se produciría un eclipse de luna y toda la gente comentaba el fenómeno. Involucradas en el evento apresuramos la cena, nos sentamos en la galería y mientras esperábamos mirando al cielo esa mujer bajita, de morena piel curtida y las manos mas lindas del mundo lanzó la pregunta más inocente y más tierna que jamás nadie me hiciera, con su cabeza inclinada hacia arriba y su mirada infinita me preguntó: -nena, qué es un eclipse?.

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